El diario de Mila: La Coleccionista de Orgasmos

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Cuando chica siempre me gustó el concepto del álbum, y desde que administraba mis bienes, compraba sobres con mi mesada y los completaba, (brace yourself, viene una caída de carnet más o menos), completé el de Pocahontas, el de Sailor Moon (dos veces), el de Dragon Ball, el de los Súper Campeones, el de los Back Street Boys, y quizás cuantos más que ya se perdieron en mi memoria. Coleccioné las infaltables esquelas, de las joyitas de mi colección  destaca una esquela de margaritas que había traído una amiga desde las Europas. Coleccioné stickers, coleccioné botones, encendedores, y cuanta estupidez se me ocurrió, cuando coleccioné colores me di cuenta que me puse más conceptual para el acto de la colección.

Hoy, colecciono orgasmos ajenos.

Colecciono los sonidos que hace otra persona al acabar. Colecciono la forma en que se cierran los ojos y se pierden del cuerpo. Colecciono la vibración leve de las piernas blandas después de una explosión de placer. Colecciono los gemidos de cansancio y la respiración agitada. Colecciono la distancia que recorre el semen al salir del Dios Falo. Colecciono la presión con la que se aprieta una sábana. Colecciono el tiempo en que se demora alguien después de un orgasmo en volver a decir una palabra entendible.

Colecciono orgasmos ajenos. Y cada vez que me masturbo repaso mi álbum de colección para  encontrar inspiración y placer. A veces voy en la micro y lo repaso, una y otra vez, admirando cada detalle y encontrando pequeñas novedades o sentires que me sacan sonrisas y rubores. A veces estoy en el trabajo y oigo un sonido que se asemeja y vuelvo a repasar el álbum. A veces estoy solo mirando el infinito y escrudiñando mi preciosa colección. Me hace sentir llena de orgullo, ojalá tuviese uno de alguien famoso para alardear. Mi favorito ha sido uno muy muy explosivo, descontrolado, y con un deje de vergüenza por la intensidad en el orgasmoteniente, quien no acostumbraba a hacer demasiado ruido, pero que logró entrar en el descontrol y entregarse completamente mientras se le iba la vida en un grito/gemido/exhalación que casi rompe los vidrios, fue hermoso, aún siento su mirada de “qué me pasó?!” y “gracias” a la vez. Me gustan, me divierten, e incluso me causan ternura un poco los jadeos que asimilan hienas. Me gustan los que, después de haber mostrado un pene erecto en magnificencia y plenitud, grande y vigoroso, entrando y saliendo,  dejan un pequeño órgano flácido y satisfecho, durmiendo en la más azarosa de las posiciones, agotado, cansado e hipersensible.

Muy buena memoria no tengo, es más, padezco una condición médica, denominada Dorismo, en referencia al grandioso personaje que conocemos de la saga de Nemo, Dory.  Pero por alguna razón, recuerdo cada pequeño detalle del momento del orgasmo, cada pelo erguido en búsqueda de expandir la sensación, cada gemido por silencioso que sea, cada palabra no dicha, cada gota de sudor, cada ínfima característica forma parte de mi álbum. Y ahí los tengo a todos. Codificados, guardados, vigentes, superados, aventuradas, complicados, simples, silenciosos, escandalosos, largos, cortos, explosivos, inocentes, sucios, y un largo etcétera.

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Juzgue como quiera, pero mi colección redefine mi concepto de hermosura. Y UD. ¿Qué colecciona?

 

Mila DerMondschein

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